miércoles, 11 de febrero de 2026

La máscara de la hipocresía descubre la falsedad del respeto y gratitud: Nada personal

Por: Jorge Escobedo

Alguna vez hemos conocido a alguien que parece tener una doble moral. Dicen una cosa pero hacen otra, se presentan como alguien que no son y su comportamiento es deleznable con sus palabras. Esas personas, son un ejemplo de hipocresía. Esta palabra, que suena tan fuerte, se refiere a la falta de congruencia entre lo que se dice y lo que se hace. 

Es como llevar una máscara, mostrando una imagen al mundo que no corresponde con la realidad, por eso resulta ensordecedor el ruido de la hipocresía de quienes ahora desprestigian la acción policial, cuando han pasado media vida ensalzando a estas instituciones y otras,  financiando campañas de descrédito, un fenómeno que va más allá de una deliberada manipulación en busca de controlar y aprovecharse de la situación. 

Mi colega Ramiro lleva mucho tiempo –no sé si demasiado– observando todo lo relacionados con la seguridad y la defensa. Tan es así que ha participado incluso cuestionando en reuniones de seguridad ciudadanas, las misiones, empleo, capacidades y los marcos legales de las corporaciones policiales. 

Durante mucho tiempo, ha estado escuchando –y soportando– el desprecio persistente que ciertas organizaciones y personajes sedicentes políticos de la izquierda manifiestan hacia los elementos de la policía. 

Se trata de una suerte de diatriba permanente de descalificación y menosprecio que, sin duda, ha incidido –aunque no lo reconozcan– en la moral de los integrantes de la citada corporación; todo motivado por cuestiones personales e ideológicas mal intencionadas. 

Es posible que algunos hayan tenido malas experiencias con miembros de esta corporación; ocurre en cualquier situación, pero eso no autoriza a descalificar a los agentes. Son policías quienes, en situaciones difíciles están las 24 horas sirviendo al ciudadano con los medios limitados que les dejan presupuestos mutilados por la corrupción, obligados la mayoría de las veces a mendigar recursos para poder salvar vidas. 

Lo ocurrido hace unos días no tiene nombre. Salir a confrontar policías no admite una descripción sensata ni educada. Resulta ensordecedor el ruido de la hipocresía de quienes ahora critican y desprestigian la acción policial, incluso, financiando campañas de descrédito. Son los mismos que demonizan el patrullaje y que, bajo una falsa fachada hipócrita, esconden un activismo extremista que rechaza cualquier principio de autoridad. 

Nunca salieron a condenar los asesinatos de policías en cumplimiento de su deber, ni mucho menos la muerte de varios agentes vilmente ultimados por asesinos que transportan droga o blanqueen dinero. Esta sociedad hipócrita se rasga las vestiduras no por principios, sino cuando las muertes les resultan políticamente útiles. El lamento de mi colega Ramiro es por todos ellos, sin distinción, y no solo por aquellos que fueron o han sido víctimas bajo un determinado gobierno; como si todos no tuvieran familia o no hubieran cumplido fielmente con su deber. 

La violencia se ceba con los uniformados, y los legisladores regatean leyes sin lograr más recursos con las que puedan defenderse legítimamente, así como armas, protección, vehículos y lo más triste que estén regateando recursos económicos para mejorar sus condiciones de vida digna para su familia. 

Aparte, no es justo el horario de patrullaje ni la calidad de los dormitorios o las duchas cuando doblan turnos, por no hablar de las deplorables condiciones de la mayoría de uniformados. No es desconocido que no existen condiciones claras de manipulación en los ascensos y destinos yi que el escalafón sea solo un referente y no una regla fija en la carrera. 

Solo ellos lo saben pero no dicen nada so pena de ser castigados de que son maltratados en todos los sentidos, pero eso sí, la sociedad les exige que sean eficientes y resuelvan problemas; eso, sencillamente, así no funciona. 

Ramiro cree que se tiene que crear una cultura ciudadana de defensa y seguridad en la que el uniformado al que ni siquiera se le permite ejercer su derecho de defenderse o sea cuando menos un ciudadano bien visto y distinguido, simple y  sencillamente porque se juega permanentemente la vida. 

Ante los acontecimientos recientes. Este es un buen momento para reflexionar y hacer a un lado esa mentalidad que envenena. No vale apenarse y llorar al policía difunto cuando en vida somos incapaces de rendirle el respeto y la consideración que merece. 

Desde luego, la opinión de este irreverente aprendiz de periodista no obsta para que las comisiones públicas de derechos humanos deban ser estrictas al analizar la actuación de los policías y señalar, cuando los haya, los abusos en que incurran, solicitando que se inicien las investigaciones de acuerdo con los procedimientos administrativos y/o penales correspondientes 

¿Pero… qué sucede cuando son los policías, víctimas de agresiones que ponen en peligro su vida, los privan de ella o lesionan gravemente su integridad física? 

Finalmente, mi colega Ramiro propone que cuando vean a un policía, no importa dónde, invítele aunque sea un café, un sándwich o a almorzar al restaurante de enfrente; o simplemente deténganse, salúdelo y dele las gracias por lo que hace. No todo es dinero; el afecto, el cariño y el reconocimiento también forman parte de la consideración que les debemos. Pero que conste, no es… Nada personal.

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