Por: Jorge
Escobedo
Alguna vez
hemos conocido a alguien que parece tener una doble moral. Dicen una cosa pero
hacen otra, se presentan como alguien que no son y su comportamiento es deleznable
con sus palabras. Esa persona, es un ejemplo de hipocresía. Esta palabra, que
suena tan fuerte, por su falta de congruencia entre lo que dice y
lo que se hace.
Con una máscara donde muestran una imagen al mundo que no corresponde con la
realidad, por eso resulta ensordecedor el ruido de la hipocresía de quienes
ahora desprestigian la acción policial, cuando han pasado media vida ensalzando
a estas instituciones y otras, financiando
campañas de descrédito, un fenómeno que va más allá de una deliberada manipulación
en busca de controlar y aprovecharse de la situacion.
Mi colega
Ramiro lleva mucho tiempo –no sé si demasiado– observando todo lo relacionados
con la seguridad y la defensa. Tan es así que ha participado incluso
cuestionando en reuniones de seguridad ciudadanas, las misiones, empleo,
capacidades y los marcos legales de las corporaciones policiales.
Durante
mucho tiempo, ha estado escuchando –y soportando– el desprecio persistente que
ciertas organizaciones y personajes políticos sedicentes de la izquierda
manifiestan hacia los elementos de la policía.
Se trata
de una suerte de diatriba permanente de descalificación y menosprecio que, sin
duda, ha incidido –aunque no lo reconozcan– en la moral de los integrantes de la
citada corporación; todo motivado por cuestiones personales e ideológicas mal intencionadas.
Es posible
que algunos hayan tenido malas experiencias con miembros de esta corporación;
ocurre en cualquier situación, pero eso no autoriza a descalificar a los
agentes. Son policías quienes, en situaciones de crisis y desastres naturales,
están las 24 horas sirviendo al ciudadano con los medios limitados que les
dejan presupuestos mutilados por la corrupción, obligados la mayoría de las
veces a mendigar recursos para poder salvar vidas.
Lo
ocurrido hace unos días no tiene nombre. Salir a confrontar policías no admite
una descripción sensata ni educada. Resulta ensordecedor el ruido de la
hipocresía de quienes ahora ensalzan la acción policial, cuando han pasado
media vida desprestigiando a estas instituciones y financiando campañas de
descrédito. Son los mismos que demonizan el patrullaje y que, bajo una falsa
fachada académica, esconden un activismo extremista que rechaza cualquier principio
de autoridad.
Son
policías quienes, en situaciones de crisis, incluso, en desastres e incendios, son
los primero en llegar, están las 24 horas sirviendo al ciudadano con los medios
limitados que les dejan presupuestos mutilados por la corrupción.
Nunca
salieron a condenar los asesinatos de policías a manos del narcotráfico, ni
mucho menos la muerte de varios agentes vilmente ultimados por matones, ya sea
que tengan tatuajes, transporten droga o blanqueen dinero. Esta sociedad
hipócrita se rasga las vestiduras no por principios, sino cuando las muertes
resultan políticamente útiles. El lamento de mi colega Ramiro es por todos
ellos, sin distinción, y no solo por aquellos que fueron o han sido víctimas
bajo un determinado gobierno; como si todos no tuvieran familia o no hubieran
cumplido fielmente con su deber.
La
violencia se ceba con los uniformados, y los legisladores regatean leyes con
las que puedan defenderse legítimamente, así como armas, protección, vehículos
y condiciones de vida dignas.
No es
justo el horario de patrullaje ni la calidad de los dormitorios o las duchas
cuando doblan turnos, por no hablar de las deplorables condiciones de la
mayoría de los mandos. No es de recibo que no existan condiciones claras y sin
manipulación en los ascensos y destinos, ni que el escalafón sea solo un
referente y no una regla fija en la carrera.
Solo ellos
sabe pero no dicen nada porque so pena de ser castigados de que son maltratados
en todos los sentidos, pero eso sí, la sociedad les exige que sean eficientes y
resuelvan problemas; eso, sencillamente, así no funciona.
Ramiro
cree que se tiene que crear una cultura ciudadana de defensa y seguridad en la
que el uniformado –al que ni siquiera se le permite ejercer su derecho al voto–
sea un ciudadano bien visto y distinguido, porque se juega permanentemente la
vida.
Este es un
buen momento para reflexionar y hacer a un lado esa mentalidad que envenena. No
vale apenarse y llorar al policía difunto cuando en vida somos incapaces de
rendirle el respeto y la consideración que merece.
Desde
luego, la opinión de este irreverente aprendiz de periodista no obsta que las
comisiones públicas de derechos humanos deban ser estrictas al analizar la
actuación de los policías y señalar, cuando los haya, los abusos en que
incurran, solicitando que se inicien los procedimientos administrativos y/o
penales correspondientes
¿Pero… qué
sucede cuando son los policías las víctimas de agresiones que ponen en peligro
su vida o los privan de ella o lesionan gravemente su integridad física o
síquica o su salud?
Finalmente,
mi colega Ramiro propone que cuando vean a un policía, no importa dónde, invítele
aunque sea un café, un sándwich o a almorzar al restaurante de enfrente; o
simplemente deténganse, salúdelo y dele las gracias por lo que hace. No todo es
dinero; el afecto, el cariño y el reconocimiento también forman parte de la
consideración que les debemos. Pero que conste, no es… Nada personal.