domingo, 8 de febrero de 2026

La máscara de la hipocresía descubre la falsedad del respeto y gratitud: Nada personal

Por: Jorge Escobedo

Alguna vez hemos conocido a alguien que parece tener una doble moral. Dicen una cosa pero hacen otra, se presentan como alguien que no son y su comportamiento es deleznable con sus palabras. Esa persona, es un ejemplo de hipocresía. Esta palabra, que suena tan fuerte, por su falta de congruencia entre lo que dice y lo que se hace. 

Con una máscara donde muestran una imagen al mundo que no corresponde con la realidad, por eso resulta ensordecedor el ruido de la hipocresía de quienes ahora desprestigian la acción policial, cuando han pasado media vida ensalzando a estas instituciones y otras,  financiando campañas de descrédito, un fenómeno que va más allá de una deliberada manipulación en busca de controlar y aprovecharse de la situacion. 

Mi colega Ramiro lleva mucho tiempo –no sé si demasiado– observando todo lo relacionados con la seguridad y la defensa. Tan es así que ha participado incluso cuestionando en reuniones de seguridad ciudadanas, las misiones, empleo, capacidades y los marcos legales de las corporaciones policiales. 

Durante mucho tiempo, ha estado escuchando –y soportando– el desprecio persistente que ciertas organizaciones y personajes políticos sedicentes de la izquierda manifiestan hacia los elementos de la policía. 

Se trata de una suerte de diatriba permanente de descalificación y menosprecio que, sin duda, ha incidido –aunque no lo reconozcan– en la moral de los integrantes de la citada corporación; todo motivado por cuestiones personales e ideológicas mal intencionadas. 

Es posible que algunos hayan tenido malas experiencias con miembros de esta corporación; ocurre en cualquier situación, pero eso no autoriza a descalificar a los agentes. Son policías quienes, en situaciones de crisis y desastres naturales, están las 24 horas sirviendo al ciudadano con los medios limitados que les dejan presupuestos mutilados por la corrupción, obligados la mayoría de las veces a mendigar recursos para poder salvar vidas. 

Lo ocurrido hace unos días no tiene nombre. Salir a confrontar policías no admite una descripción sensata ni educada. Resulta ensordecedor el ruido de la hipocresía de quienes ahora ensalzan la acción policial, cuando han pasado media vida desprestigiando a estas instituciones y financiando campañas de descrédito. Son los mismos que demonizan el patrullaje y que, bajo una falsa fachada académica, esconden un activismo extremista que rechaza cualquier principio de autoridad. 

Son policías quienes, en situaciones de crisis, incluso, en desastres e incendios, son los primero en llegar, están las 24 horas sirviendo al ciudadano con los medios limitados que les dejan presupuestos mutilados por la corrupción. 

Nunca salieron a condenar los asesinatos de policías a manos del narcotráfico, ni mucho menos la muerte de varios agentes vilmente ultimados por matones, ya sea que tengan tatuajes, transporten droga o blanqueen dinero. Esta sociedad hipócrita se rasga las vestiduras no por principios, sino cuando las muertes resultan políticamente útiles. El lamento de mi colega Ramiro es por todos ellos, sin distinción, y no solo por aquellos que fueron o han sido víctimas bajo un determinado gobierno; como si todos no tuvieran familia o no hubieran cumplido fielmente con su deber. 

La violencia se ceba con los uniformados, y los legisladores regatean leyes con las que puedan defenderse legítimamente, así como armas, protección, vehículos y condiciones de vida dignas. 

No es justo el horario de patrullaje ni la calidad de los dormitorios o las duchas cuando doblan turnos, por no hablar de las deplorables condiciones de la mayoría de los mandos. No es de recibo que no existan condiciones claras y sin manipulación en los ascensos y destinos, ni que el escalafón sea solo un referente y no una regla fija en la carrera. 

Solo ellos sabe pero no dicen nada porque so pena de ser castigados de que son maltratados en todos los sentidos, pero eso sí, la sociedad les exige que sean eficientes y resuelvan problemas; eso, sencillamente, así no funciona. 

Ramiro cree que se tiene que crear una cultura ciudadana de defensa y seguridad en la que el uniformado –al que ni siquiera se le permite ejercer su derecho al voto– sea un ciudadano bien visto y distinguido, porque se juega permanentemente la vida. 

Este es un buen momento para reflexionar y hacer a un lado esa mentalidad que envenena. No vale apenarse y llorar al policía difunto cuando en vida somos incapaces de rendirle el respeto y la consideración que merece. 

Desde luego, la opinión de este irreverente aprendiz de periodista no obsta que las comisiones públicas de derechos humanos deban ser estrictas al analizar la actuación de los policías y señalar, cuando los haya, los abusos en que incurran, solicitando que se inicien los procedimientos administrativos y/o penales correspondientes 

¿Pero… qué sucede cuando son los policías las víctimas de agresiones que ponen en peligro su vida o los privan de ella o lesionan gravemente su integridad física o síquica o su salud? 

Finalmente, mi colega Ramiro propone que cuando vean a un policía, no importa dónde, invítele aunque sea un café, un sándwich o a almorzar al restaurante de enfrente; o simplemente deténganse, salúdelo y dele las gracias por lo que hace. No todo es dinero; el afecto, el cariño y el reconocimiento también forman parte de la consideración que les debemos. Pero que conste, no es… Nada personal.

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